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La última jugada de Tito

Gerardo Scioscia

Esa tarde Tito estaba más preocupado que otras veces. No era para menos, ya que por la noche jugaría una partida de póker con una desconocida mujer que nunca perdió jugada alguna. Lo había desafiado a él, que hacia medio siglo también gustaba de ese juego y manejaba esas cartas como nadie.

Se estaba terminando de vestir para acudir a la cita, cuando se le ocurrió repasar su vida de ludópata. El primer recuerdo que llegó a su mente fue, aquél de cuando era niño y jugando al ” hoyo y quema”, le ganó dos lecheras y un bolón al “Polaquito”, un vecino de su edad.

En realidad eso fue mediante un juego de destreza, pero el haber ganado lo puso feliz. Luego, la vida lo fue llevando a probar otras formas de juego. Pronto llegó a sus manos un mazo de cartas y apostando al ” monte “ganaba y perdía. Ya hombre alternaba el juego de cartas con visita a los casinos. Lo que comenzara como un entretenimiento, en Alberto, se transformó en adicción.

Una noche, salía de uno de los tantos “tugurios” en el que había amanecido jugando al póker, y se cruzó con Ana, una bella mujer a la que, con el tiempo convirtió en su esposa. Tan solo así dejó de asistir a salas de juegos y partidas de cartas.

La abstinencia fue menos de un año y después, volvió a las andadas. Ana, cansada de las mentiras de Tito y de sentirse abandonada, una noche tomó sus cosas y se marchó. Aunque ya hacía muchos años que lo había abandonado, ese recuerdo lo entristeció. Desde entonces Alberto sólo tenía de compañeros varios mazos de cartas para entreverarse con quien se cuadre.

A Tito, los años lo habían transformado en un hábil y sereno jugador de póker ya que siempre era favorecido con ases, si hasta parecía que esas cartas eran manipuladas por su mente. Es por esa razón que aceptó el reto que le hiciera esa extraña mujer que nunca perdió apuesta alguna.

Se miró por última vez en el espejo y salió confiado al encuentro de su desafiante y con la que, esta vez no se apostaría dinero. La partida se haría en una vieja casona ubicada en la avenida Libertador, de Palermo a las 20 y 45 de ese sábado. Allá fue. Llegó varios minutos antes de la hora fijada a ese lugar y, como oculta por la escasa iluminación, su contrincante ya estaba sentada y el mazo de cartas sobre la mesa, listo para iniciar la partida. No hubo saludos. Tito ocupó su lugar y la desafiante repartió las cartas.

El juego duró apenas unos minutos ya que el recién llegado ganó la partida. Sin despedirse se levantó y enderezó para la calle lo más rápido que pudo. Ya en la vereda acomodó su ropa y puso una sonrisa en su cara. Había ganado una partida que creyó difícil.

Sobre la avenida el tránsito era fluido, pero quería alejarse de ese lugar extraño y de la rara contrincante a la que, a pesar de sus esfuerzos, no pudo verle la cara y por eso, no dudó en cruzar la calle. De pronto una frenada y el ruido de un cuerpo impactado por un automóvil atrajeron la mirada de algunos vianjantes. Dos o tres se acercaron al hombre caído y con distintas heridas en su cuerpo. Esos testigos aseguraron que a Tito le escucharon gritar varias veces ” yo te gané, yo te gané tienes que ser buena perdedora”. Después de ese reclamo, el silencio ganó el lugar. Eran las 20 y 45 y la última jugada de Alberto, “Tito”, como le decían los íntimos.

Mar del Tuyú 20 enero 2018

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