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La rosa: una flor que perfuma pero lastima*

El hombre volvió de su jardín disgustado. En su cara podía verse la preocupación por no haber podido concretar su deseo de obtener rosas sin espinas. Buscaba hacerlo porque amaba esas flores, pero solía ser lastimado por las púas de sus tallos produciéndole dolor en las manos. Por muchos años lo había intentado sin lograrlo y por eso, al ingresar a su casa, tiro los guantes y la tijera de podar. Lo hizo con tanta rabia que golpeo a su perro, único compañero desde muchos años, que dormía en el rincón de la vieja casona donde fueron arrojados esos elementos.

Mucho tiempo había transcurrido desde su primer intento de eliminar las espinas del tallo de las rosas. Tanto, que su cabello se blanqueó y sus manos ya no eran firmes, pero continuaba en la búsqueda de eliminar lo que lastimaba su mano cada vez que pretendía gozar de la belleza y perfume de esas flores. De todos modos, estaba decidido a encontrar la forma de eliminarlas. Desde muy joven admiraba la belleza de esas flores, por lo que estaba decidido a no tener ninguna otra especie en su enorme jardín, ubicado en la zona de San Pedro y con tierras aptas para el cultivo de rosales.

Entusiasmado en esa búsqueda, no reparaba en los esfuerzos que significaba la atención de los cientos de ejemplares que cultivaba algunos a cielo abierto, otros dentro de su improvisado invernáculo construido con plásticos trasparentes. Allí, y en algunos estantes, abundaban frascos de distintos componentes químicos para sus experimentos, mientras que trastos viejos rellenados con líquidos viscosos contenían esquejes de su única planta favorita. En su lucha por cambiar lo que la misma naturaleza había creado no había avances. Solamente lograba con su trabajo y dedicación, rosales de enorme belleza. En cada ejemplar, los pimpollos cubrían enteramente cada planta y además la duración de las flores era mayor a lo habitual, aunque las espinas se mantenían al acecho de cualquier mano que quiera cortarlas.

En su intento de cambiar lo que la naturaleza había creado de un modo fue gastando su vida. Sin embargo, una mañana y casi arrastrándose llegó a su invernáculo. Allí, con dificultad fue recorriéndolo. Cada contenedor era observado minuciosamente porque sospechaba que era su última oportunidad para lograr su objetivo. De pronto, en uno de los ángulos más alejado de la puerta de ingreso con asombro, observa una planta extraña y hacia ella llega rápidamente. La mira detenidamente descubriendo que sí, efectivamente era un rosal pero extraño, sin espinas pero ninguna flor, a pesar de que era el tiempo de floración y así se encontraban el resto de los ejemplares.

Miró la planta una y otra vez, tomó con fuerza sus tallos que, no lastimaban y buscó algún pimpollo; no había ninguno. Miró a sus costados, corrió hasta una de las plantas más cercana totalmente florecida y apretó sus ramas con sus manos hasta que las mismas comenzaron a sangrar y el hombre como alcanzado por un rayo cayó al suelo arrastrando el rosal, que cayó sobre su cuerpo.
Otra vez venció la naturaleza, contra los deseos de algunos humanos de cambiar lo que fue creado de un modo determinado.

sciosciagerardo@gmail.com

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