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La mariposa que quiso ser flor

Gerardo Scioscia

El hombre llegó a su jardín tijera en mano, dispuesto a cortar unas flores para adornar su casa. En eso estaba, cuando se acercó a un rosal con varios pimpollos recién abiertos y notó que una mariposa volaba en derredor de una de esas rosas. Fue en ese instante que le pareció oír una voz pequeña, que decía cosas que, en principio, no pudo descifrar. Pensó que el viento lo había engañado con su sonido y entonces, al acercarse más a la planta, vio que se movía como invitando a la mariposa a posarse sobre ella.

Al ver la escena, el hombre ocultó la tijera, se acercó un poco más y se quedó muy quieto, para no espantar a la visitante de alas grandes y amarillas. El silencio del jardín le permitió oír el sonido de las alas al moverse en el aire.

– Eres hermosa- le dijo a la flor, que acostumbrada a la visita de las laboriosas abejas quedó sorprendida por su presencia.

-¿Me permites posarme unos instantes sobre tus pétalos?- le preguntó mientras revoloteaba sobre ella para agregar que – vengo de lejos y estoy muy cansada-.

-Con mucho gusto- fue la respuesta de la asombrada rosa, que al notar que una abeja buscaba su néctar, sacudió todo su follaje como para espantarla. Ese día, prefirió la presencia de la mariposa ya que educadamente pidió permiso para posarse.

-Sabes, hasta aquí llegué guiada por tu perfume. Quería conocerte y, al mismo tiempo, preguntarte si yo podría ocupar tu lugar-.

¿Porqué, acaso no te gusta ser libre como eres?-preguntó la rosa.

-No mucho, el mover mis alas me cansa y además, cualquier niño puede golpearme con unas ramas arruinando mis alas, o acabando con mi vida-.

-Puedes evitarlo volando más alto-replicó la rosa, para agregar que – en cambio yo no puedo moverme de este lugar y bien querría hacerlo-.

-Tienes razón- respondió para después alejarse y posarse luego en otro capullo de la planta.

Al ver volar a la mariposa, el hombre dio un paso adelante y su sombra se proyectó sobre la planta, en el momento que regresaba la colorida mariposa, por lo que de inmediato se reinició el diálogo, que con asombro seguía el jardinero.

-Tú has venido de lejos porque has querido, en cambio yo estoy en este lugar que no me gustaba para poder crecer, sólo porque así lo quiso el hombre que me planto. Él decidió por mí.

Si bien el hombre escuchó en silencio esa queja, la réplica de su interlocutora no se hizo esperar.

-¿Eso que importa?

-Importa y mucho. Yo no decido por mí, lo hace otro, el jardinero. En cambio tú viajas de un lado a otro. Visitas una u otra flor como lo haces ahora.

-Es que para alimentarme necesito de ellas y para eso, debo volar de un lado a otro y me cansa. En cambio tú, sin moverte del lugar puedes alimentarte por tus raíces y es eso lo que quisiera para mí.

-En eso tienes razón, pero como no puedo moverme mucho dependo de los cuidados del jardinero.

-Esa es la vida que quiero- dijo la mariposa, al tiempo que dando algunas vueltas en torno del rosal, se alejó.

El hombre, que atento seguía todo lo que pasaba, creyó que la mariposa se
había asustado de su proyectada sombra sobre la rosa y cambió de posición. Se puso de cara al sol para evitar que su sombra diera sobre la planta y entonces, la mariposa regresó confiada. Así pudo seguir el diálogo que no tardó en reiniciarse.

-Cuando las hormigas me atacan, no tengo modo de quitármelas de encima. Si necesito agua para calmar la sed de mis raíces no puedo buscarla, por eso dependo del jardinero, cuyos servicios me cuestan caros. Se los cobra quitándome mis mejores flores- se quejó el rosal.-

No es mucha la paga por tan importante servicios- retrucó la mariposa sin dejar de volar.

– No puedo elegir. Para sobrevivir a las hormigas y a la falta de agua, dos factores que pueden terminar con mi vida, necesito de su ayuda, porque no puedo salir a buscar remedio para lo primero, ni a calmar mi sed en un lugar donde hallaría agua. En cambio tú, puedes volar donde te plazca. Para ello solamente debes mover tus alas. Entiendo que eso te provoque cansancio, pero es el costo de tu libertad. En cambio yo aunque prisionero, pago muy caro el poder vivir. Yo no puedo elegir, otros lo hacen por mí. Quisiera vivir en otro lado pero, aquí me tienes donde me puso el jardinero y aquí sigo prisionero. Mira, ya viene con tijera en mano para cobrarse los cuidados que me dio.

Sin despedirse siquiera, la mariposa, que había entendido el mensaje. Se alejaba del lugar, mientras le llegaba de lejos el ruido de la tijera y el quejido de dolor de las rosas mutiladas.

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