Inicio / Cultura / Un Ángel sobrevuela Malvinas

Un Ángel sobrevuela Malvinas

Gerardo Scioscia

Juancito llegó a la plaza del Congreso de la mano de su mamá. Luego de corretear un rato por ella, sacó un poco de maíz que llevaba en su bolsillo y le dio de comer a las palomas, que pronto sobrevolaban a su alrededor e incluso, alguna, se paró sobre su cuerpo diminuto.

Asombrado el chiquillo miraba su vuelo. Luego de unos minutos se acercó a su madre para decirle ¨mami, mami me gustaría volar como las palomas ¨. Sorprendida por esos dichos, la madre ensayó distintas explicaciones, aunque ninguna sirvió para calmar los deseos del pequeño.

¨A mí me gustaría poder hacerlo ¨ dijo el muchachito con cierta tristeza. Había vaciado sus bolsillos y las palomas se alejaron; era hora del regreso a casa. Mientras se alejaba de la plaza, giraba su cabecita para seguir viendo como volaban las palomas, que hasta un rato antes había estado alimentando. Lejos ya de la plaza, Juancito continuaba repitiendo que le gustaría volar, volar muy alto para llegar hasta donde están sus abuelos que no los tenía ¨porque están en el cielo ¨ le respondían cuando preguntaba por ellos.

Sus abuelos habían muerto durante el golpe militar del 16 de junio de 1955, que intentó derrocar al presidente general Juan Domingo Perón.

Entonces él tenía dos años y de ellos, nada recordaba. Ese día de invierno, al igual que tantas otras personas, se encontraban caminando en cercanía de la Casa de Gobierno, cuando una de las bombas lanzadas por aviones de la marina, acabó con sus vidas y la de otros inocentes que por allí paseaban. El saldo del ataque a un gobierno elegido democráticamente y que cursaba su segundo mandato, fue de 308 muertos y 800 heridos.

Entre los muertos, 50 de ellos eran chicos de una escuela que visitarían la Casa de Gobierno, donde no llegaron, porque una bomba impactó de lleno en el micro que viajaban. Los sublevados finalmente lograron su objetivo el 16 de septiembre de ese mismo año.

Juancito no los recordaba y por esa razón, quería volar hasta el cielo, donde su mamá decía que se encontraban. Simplemente buscaba estar un rato con ellos y es por eso que todo su pequeño mundo giraba en torno a la idea de ¨poder volar algún día ¨.

El niño no dejaba de mirar el cielo y sus juegos estaban relacionados con sus ganas de ser un ave y surcar los cielos. En época de migraciones, se extasiaba viendo volar a las golondrinas que con sus alas extendidas planeaban en las alturas; ¨si yo pudiera”, se decía para sí. El mejor regalo lo recibía de su madre, cuando los domingos lo llevaba a pasear en plazas donde había palomas.

Entonces se llenaba los bolsillos de maíz para ellas y también, con sus sueños de ser como ellas. En uno de esos paseos domingueros, el niño encontró un pichón herido y pidió a su madre poder llevarlo a su casa para curarlo. Fue una prolongada sucesión de ¨ no ¨, aunque finalmente el niño pudo llevar al animalito apretado contra su pecho.

En la casa lo alimentó y cuidó con esmero, por lo que pronto sanó. Días después, la paloma guiada por su instinto, voló en busca de sus compañeras. Con tristeza vio como levantaba vuelo y se alejaba ¨si yo pudiera seguirla ¨se decía el niño.

En tiempo de la escuela aprendió que no sólo las aves volaban. Entonces fijó sus ojos en los ¨pájaros de fierro¨. La primera vez que vio uno de ellos de cerca, fue durante una visita que hiciera con su familia al aeroparque Jorge Newbery de Costanera Norte. Por entonces. Juancito tenía ya 11 años y la firme decisión de convertirse en un pájaro, aunque más no fuera con alas postizas.

Así, los ratos libres que le dejaba su estudio, los empleaba en la construcción de aviones en escala con la ayuda de su papá, aunque dejaba su impronta; cuidaba todo el detalle de los verdaderos, ya que ninguno se escapaba de los ojos del futuro aviador.

En 1964 decidió que finalmente sería aviador naval, aunque en el fondo de su corazón, le dolía que ellos, años antes, mataron gente inocente e incluso, a sus abuelos, pero él estaba convencido que todo podía ser distinto en un futuro. Sin embargo le tocó defender los intereses de la patria, cuando el país era gobernado otra vez por militares.

Al terminar la carrera elegida, recibió su brevet de piloto naval en la base de Punta Indio, la misma de donde en 1955 habían salido los aviones North American A-6 Texan para bombardear y ametrallar la Casa de Gobierno. En ese mismo lugar sumó horas de vuelo, en 1973 ya era un eximio aviador, por lo que nueve años después intervendría en el conflicto del Atlántico Sur.

Si bien las maniobras para evadir al enemigo las realizaba con exactitud, las prácticas de tiro con su ametralladora fueron escasas, como fue escasa la preparación militar para recuperar las islas Malvinas en poder de los ingleses y donde perdió la vida. De todos modos el presidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri, que horas antes había reprimido con gases y piedras una protesta popular en contra de su gobierno, el dos de abril anunciaba el desembarco en Malvinas, lo que generó algarabía en la población.

La reacción inglesa no se hizo esperar y puso en marcha su flota rumbo a las islas. Fue entonces que una mañana de marzo de 1982 Juan se despidió de su familia y marchó a la base de Punta Indio, desde donde luego sería enviado al Sur en el portaaviones 25 de Mayo. Allí los aviones de la marina harían vuelos de reconocimiento de la flota enemiga que avanzaba hacia Malvinas.

Apostado en aguas poco profundas para evitar ser atacado por los submarinos nucleares enemigos, en el portaaviones estaba todo listo para operar.

Una mañana Juan recibe la orden de alistarse para su primera misión militar, que se realizaría al caer la tarde. A la hora indicada, Juan subió a su avión Traker, se acomodó en la carlinga y mientras esperaba la orden de salida, repasaba el instrumental. Todo estaba en orden. Se santiguó y esperó la orden de despegue que no tardó en llegar. Hombre y máquina salieron catapultados de esa enorme nave. Algunos minutos después, Juan avistó el convoy enemigo y mientras comunicaba la novedad a sus superiores, vio que desde una fragata era ametrallado.

El furioso fuego enemigo impactó sobre el avión Traker en su ala derecha destrozándola. El sorpresivo ataque impidió toda defensa y sólo intentó accionar el asiento eyectable para salir del avión averiado. No pudo hacerlo por estar ese sistema roto, entonces hombre y maquina cayeron al mar donde quedaron para siempre.

Ese día Juan perdió sus alas metálicas que le permitían volar como siempre había soñado. Se quedó sin ellas defendiendo un pedazo de territorio Argentino. De ese hombre pájaro nunca supe el apellido, como tampoco de otros tantos que por los mismos motivos quedaron sepultados en Malvinas, pero sí pude saber que, desde entonces, él, con otras alas, las que poseen los ángeles sobrevuelan el mar y las islas Malvinas custodiándolas.

sciosciagerardo@gmail.com

También te puede interesar

Veteranos de Malvinas lanusenses: “Estar en las Islas te mueve todos los recuerdos”

El mes pasado, Antonio Delgado, Héctor Sosa, Orlando González y Pedro Mesa fueron seleccionados a …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *